Un minusválido de corazón.

No soy persona de rencores no malos sentimientos, es más, en ocasiones me insultan y no me doy por enterado, vivo por ser feliz, y creo que a pesar de muchas cosas lo soy, sin embargo, nunca falta la piedra en el zapato. Esta piedra tiene nombre y apellido, no le tengo rencor ni mucho menos, solo que no comparto muchos de pensamientos, como tampoco comparto sus acciones. El es mi tío, su nombre prefiero omitirlo, solo puedo decir que es invalido gracias a un tiro que recibió cuando era piloto de helicóptero para una ONG antidrogas. Gracias a su discapacidad el ha sabido aprovecharse de los buenos sentimientos de sus hijos, de sus hermanos y de cuanta persona conoce. Me acuerdo, del día en que con dolor, le brinde mi mano y en acto de saludo, y el respondió a mi eso: “salga de mi cuarto, no quiero saludarlo”. Siempre he pensado que muy aparte de todo lo malo que una persona pueda hacer, un saludo nunca se niega. Morirá solo, en su amargura.

Mi tía, mi amiga, Maria Lucía.
Comunicadora social, de 51 años, un metro setenta de estatura, pelo como trigo y cara como de reina, sin decir que piense como tal. Así es mi tía, Maria Lucia Martínez. Desde que yo tenía “tiernos” dos años ella me acogió en su hogar. Ah sido para mi como una madre, sin imponerse ni tratar de serlo, pues madre tengo. Hemos sido amigos, confidentes, y cómplices. Me entiende, me acepta en casi todo lo que hago y digo, si ve que algo que hago esta mal hecho, me lo dice y me lo argumenta. El amor que ella me profesa, para mi, va mas allá del bien y el mal. Es una persona inteligente, consecuente, responsable, correcta, sincera y amorosa con los suyos. Ayuda siempre al que puede sin esperar nunca nada a cambio. Es de esas pocas personas que dicen las cosas y las hace, de esas pocas personas que se propone o propone algo y lo cumple.
En mi vida ha sido, es y será un ejemplo para seguir.
Así es mi tía, una amiga. Aun vivo en su casa, y en su nombre escribo todo lo que escribo.

Algo flaco:

De un metro setenta y dos, un par de ojos que por el viento toca ponerle vidrios, una nariz que por herencia familiar es algo grande, unas orejas que solo por descuido recuerdan a Dumbo, una boca que no tiene descripción y un cuello algo grueso, componen mi cara. El resto de mi cuerpo, como dirían algunos médicos expertos en anatomía, es silfido. Juego en ocasiones con la pasada afirmación diciendo que la ropa no me la pongo me la cuelgo.

Mis brazos son una pequeña estafa de la naturaleza, por lo largos, flacos y aparentemente débiles. Mi pecho, como ya pueden suponer, es demasiado delgado. Mis piernas, pantorrillas y pies, son también delgados, largos y muy a mi pesar, algo feos.

Como pueden ver, soy algo flaco.

La tropa, mi tropa, un gran recuerdo.

Una mañana muy soleada, a eso de las 10:30, justo cuando el olor de mi cuerpo exigía ya un baño, llego mi primo a mi casa, Cesar Montoya de 40 años, un actor y director de teatro que desde muy joven se dedicó a ser scout. El llegó a mi casa como todos los sábados solía hacerlo, pidiendo un tinto hecho por mí.

Fue entre un tinto y un cigarrillo Derby, que me dijo palabras textuales: “lo invito a una reunión scout, valla no se arrepentirá”. A mi no me sonó mucho la idea de ir a una reunión de esas con los Boy scout, me parecían tontos, sin embargo y teniendo en cuenta que no tenía nada más para hacer, me fui a la susodicha reunión a hacer lo mismo.

Fue un sábado de septiembre del 2001 a las dos de la tarde, en la universidad del valle de la cuidad de Cartago en el norte del valle.
Había muchas personas, más o menos unas diez vestidas de scout, el resto estaba vestida como yo, según indicaciones de mi primo, Jean y camiseta blanca. La reunión comenzó y de la misma forma mi interés por ella, pensé, desde el comienzo que iba a ser traumática esa tarde, pero todos, no sé cómo, porque para ese entonces no era una persona dócil, lograron meterme en ese mundo que ellos llamaban escultismo. Ese día me presentaron las patrullas existentes, (las patrullas son equipos de trabajo manejadas en la tropa). Yo elegí después de mucho mirar las patrullas existentes, pertenecer a la patrulla llamada “Correcaminos”.

Gracias a ese día que hoy puedo decir que tengo amigos, aun asisto a reuniones scout, pero ahora si hago algo. Mi mejor amigo, Sebastián Castro de 20 años, estudiante de medicina y quien conozco desde ese sábado de septiembre, es quien convirtió esta experiencia en algo agradable y significativo, pues solo con el a pesar de desamores y desalientos pude en etapas lamentables de mi vida, encontrar la paz.

Cartago, un trago amargo, un recuerdo indeseable.

Jugaba con mi nuevo Power Ranger y esperaba la llamada de mi tía para confirmar la hora en la que me recogería para vernos, yo era bastante pequeño en ese tiempo y las relaciones con ella estaban algo malas por conflictos ideológicos con mi mamá. El solo pensar en verla me daba demasiada alegría, todos los fines de semana los pasaba con ella y su esposo, Francisco Gutiérrez o como mejor lo conocen, pacho. Ellos eran y son en este momento para mí, como mis segundos padres, sin desconocer que son mis tíos y que no pueden hacer el papel ni suplir las funciones de un padre, ellos y yo desde hace mucho tiempo hemos construido una relación de afecto y apoyo. Pero me remito a la época en que jugaba con los Power Ranger.

Ese día mi tía me recogió y fuimos a almorzar a uno de mis restaurantes preferidos en esa época, pues tenia juegos y personas disfrazas, la pasé muy bien, disfruté cada segundo y llegada la tarde mi tía me dejo en la casa de los papas de mi padrastro. Hasta ese momento todo iba bien, nunca me imagine que mi desgracia empezaría desde ese día. Cuando llegué a la casa de mis abuelastros, a pesar de mi corta edad pude sentir que el ambiente en la casa estaba algo tenso. Fue minutos después que me enteré que nos iríamos de Bogotá, iríamos a vivir muy cerca de una tía que se acababa de jubilar y decidió pasar el resto de su vida en Cartago, valle del cauca. La noticia me dejo frió, en ese momento conocí la desilusión y la rabia, ya había tenido la desdicha de conocer Cartago, pues en unas vacaciones de final de año mi mamá decidió mandarnos a donde mi tía. Que maldita desgracia fue esa, aunque me tocó adaptarme tras tres años de vivir ahí, perdí un año en protesta a eso, planee y ejecute varias “voladas” de la casa, todas sin éxito. Ahora que me encuentro en la Universidad, respiro mas tranquilo, vivo con mis tíos, pertenezco y permanezco a la ciudad que me vio nacer.

Hermano sin genes amigo sin creces
Siempre te hacen pensar que familia son esas personas que comparten contigo sangre y techo o esas personas que por la forma de vincularse contigo, se vuelven tan fundamentales que familia o no, compartas sangre o techo, son familia, como eso se comporta y como eso los consideras.

Diciembre de 2006, mas exactamente en el día 25, Sebastián Castro, mi mejor amigo, que contagiado de amor, decidió rifar lo que fuera para poder compartir el 31 con Vanesa, su novia, ellos viven en Medellín, pero como es obvio en fechas especiales cada uno esta con su familia.

Rifamos una botella de Guarito, aguardiente, extracto de caña con anís o como quieran llamarlo. Con esto pudimos reunir lo exacto para mandarle lo necesario para que viniera a compartir con nosotros. Vanesa llego el 30 de diciembre en el primer bus de la mañana, inmediatamente, Sebastián la llevó a mi casa, pues a pesar de todo lo que habíamos hecho yo no la conocía.

Ella se instaló en la casa de Sebastián y pasado el almuerzo comenzaron las fiestas.
Pasamos toda la tarde juntos, llego la noche y no nos faltaron las “polas”, todavía me pregunto cómo tuvimos plata para beber tanto, nunca nos emborrachamos, pero si nos “mareamos” y mucho.

Llegó el 31 de Diciembre, 8 de la noche mas exactamente y Sebastián llego a mi casa a saludar antes de la cena de fin de año. Mis papás que lo quieren a él como a un hijo bobo, lo invitaron junto a su novia a comer esa noche. Fue algo demasiado especial.

Nuevamente él y yo consolidábamos la amistad que desde hace varios años ya teníamos. El es Castro Hoyos y yo Martínez Sánchez, pero de alguna extraña manera somos como hermanos, de los mejores, de los que se pelean por nada y se apoyan en situaciones banales. El es mi hermano y en ese Diciembre rectifiqué, que así nos separen 8 horas en bus, podremos contar el uno con el otro siempre!. Y es que él y yo desde que nos conocimos compartimos muchos gustos pero el más importante, es el gusto por el Escultismo.

Unos ojos, un sentimiento, mil palabras
Desde el comienzo de mi adolescencia una extraña sensibilidad se fue despertando en mi, ver hacia el cielo no era como antes de niño, pensar en ella, quien fuera, no era igual que cuando jugaba a la pelota y miraba pokemon. Mis letras que aunque feas, por una caligrafía pésima, empezaron a nacer, surgían de cualquier situación. El café con leche de la mañana me inspiraba una rima.

Empecé así una nueva etapa en mi vida y conocí lo que llamaban poesía, aunque yo lo llamara, lágrimas palpables por siempre, una analogía bastante extraña para mi corta edad.

Entre versos y papeles, la conocí a ella, me interesó y le interesé y ella solo un poema le pude hacer. Fue mi musa, fue mi amante, y en las noches un diamante. La cuide y me cuidó y ahora que el tiempo nos separó puedo decir que la ame, y que en sus ojos mi vida resguardé, por eso en este momento, me es imposible omitir, el texto que sus ojos me hicieron escribir.

Sus ojos.

Quiero recordar hoy una y mil veces sus ojos, la forma como me mira, como mira, la forma sutil y delicada como me miró la primera vez, su mirada me encadenó, desde el primer momento y hasta no sé cuando.

El sentimiento no se puede describir, solo sé que cuidaré más a sus ojos que a ella misma, sus ojos son una breve manifestación de la dulzura de Dios, de lo maravilloso del cielo, de lo encantadora que es la vida.

Cuando me quiera con usted solo abra los ojos, solo pestañee, solo fije su mirada al cielo y ahí estaré, lo prometo.

Con sus ojos miro, o me mira –no sé- la posibilidad de nuevamente ser feliz, de nuevamente levantar mi cabeza, sin miedos, sin ataduras, solo espero que no me mire en vano, seria mejor estar ciego para no darme cuenta de eso.

Sus ojos que me miraban como unos faros de puerto, mi vida mucho tiempo guiaron y ahora que no la tengo, agradezco que estuvo. Gracias a ella desarrolle mi pluma, conocí el amor, pero también el despecho. (Despecho: echo desagradable que comprende la vida de todo ser humano, estado del ser que lo hace dejar de ser y así ser lo que no quiere ser.)

Matemáticas recursivas
Ocho de la mañana y Marcelita ya estaba con cara de puño en la puerta, estábamos fumando un cigarro en la tienda del frente del colegio, Marcelita era la coordinadora de disciplina, aunque era mi amiga en horas ajenas a clase, dentro de ellas teníamos que guardar la distancia entre profesor y alumno.

Como siempre en mi colegio solo tenía una clase en el día. Trigonometría, o trigo, como muchos le dicen pensando en grandes valles intentando olvidarse de la inmundicia que es esa clase, pero yo, que para ese tiempo ya era loco, mostraba gran interés por la clase, me parecía demasiado fácil, y eso que era ni un nerdo ni mucho menos, solo ponía atención al profesor y listo. Ese día en especial, nos tocaba graficar la hipotenusa. El profesor, quien también era amigo, como todos en ese colegio, dio las fórmulas de el triángulo y nos dejó libres durante una hora para hacer el ejercicio. Yo en diez minutos ya lo tenia hecho y ya estaba vendiendo los resultados, lo único que me faltaba era graficarlo. Graficar esa hipotenusa era lo más difícil, teníamos que graficar el resultado dentro de una circunferencia, compás no había, transportador, tampoco.

Salí del salón con mi grupo de trabajo y tome el extintor que en su extremo inferior (como todos los extintores) era redondo, circular o como quieran llamarlo. Comencé a hacer el circulo en mi cuaderno, luego en el de mis compañeros y cunado terminamos, victimas del tedio y la falta de autoridad pues el profesor no estaba a la vista, le quitamos al extintor el seguro y pues, nos dispusimos a dejar salir de él, lo que creíamos que era solo agua blanca. Y que sorpresa cuando vemos que no vemos nada, el colegio estaba convertido en una nube de polvo blanco demasiado espeso, solo veíamos nuestros pies y el piso blanco como el más pulcro velo. De repente llego Marcelita, iracunda nos hizo anotación en la carpeta de asistencia. Nos tocó recargar el extintor, y barrer el colegio todo el día, pues no sabíamos de dónde ni en que momento salía mas y mas polvo blanco. A por cierto, saque cinco, encontré la hipotenusa.